El gran Cristo Redentor del Corcovado, omnipresente desde cualquier punto, acoge entre sus brazos la cidade maravilhosa de Río de Janeiro. El verde de Tijuca, el bosque urbano más grande del mundo, contrasta con el azul de la bahía; los picos de granito (dos hermanos) se erigen como impresionantes farallones y parapetos. Niemeyer no lo hubiera diseñado mejor. (Ver galería de imágenes)
Un carioca ama su ciudad por encima de todo, se sabe un privilegiado, sonríe siempre, viste cómodo y vive tranquilo, no hay prisa, nunca nada altera su ánimo. Boa Praia (buena playa) es el saludo y el deseo de cualquiera en la ciudad que mejor ha integrado el mar en sus vidas. Desde las 4 de la tarde hasta la puesta de sol, los cariocas se reúnen, charlan, hacen deporte y socializan en la playa, probablemente porque en bañador todos somos iguales. En la playa cada tribu urbana tiene su lugar y se reúnen en torno a un punto concreto: el poste 9 para gente guapa; el 11 para familias, el 7 para surferos; el 8 es de la comunidad gay... y así sucesivamente. Si llevas toalla, te delatas: ¡Turista!
Río vive bajo la luz del sol, con la alegría que contagia el mar y sobre la arena blanca que refleja y destaca los cuerpos bronceados y esculpidos, tapados por minúsculos bañadores.
En el sur, abajo en Ipanema, Copacabana y Leblon; frente al mar, los ricos. Arriba, los menos favorecidos. Los ricos sienten y escuchan el rumor de las olas, los pobres gozan de las mejores vistas. Leí hace tiempo que alguien definía Río como Saint Tropez coronado por Mogadiscio.
De las favelas bajan las mejores escuelas de samba, aportando sabor y color al carnaval, algunos de los mejores jugadores de fútbol y las más bellas modelos del mundo. En Río nació la bossa nova y se potenció la samba. Pasión y creatividad frente al dinero de Sao Paulo.
Un ascensor sube a la favela Cantagalo. Sorprendentes vistas sobre la ciudad. En la favela se respira una vida intensa e inusitada desde fuera. Niños jugando en espacios imposibles, señoras hablando en un tono más alto de lo normal para un barrio tan abigarrado. Señores ensimismados en sus pensamientos con la mirada perdida en el mar, y policías que vigilan.
Sube en tranvía a la colina del viejo barrio bohemio de Santa Teresa, y pasea por sus calles estrechas entre grandes mansiones. Date un descanso en el Bar do Serginho. En Rua do Almirante Alexandrino, encontrarás interesantes tiendas de artesanía y restaurantes de todo tipo donde disfrutar de una buena cena carioca.
El fin de semana date una vuelta por el mercado de artesanía y el mercado hippie.
Un buen cafezinho en Cafeína en Leblon. Bar do peixe, un restaurante de mesas y sillas de plástico donde se come muy buen pescado fresco. En Zazabistro, un animado local pintado de intenso color azul: buenas caipiriñas y cerveza fría. El bistro Escola do pan, a la orilla de la Lagoa, una casa, transformada en bistro y venta de pan. Unos desayunos que se te saltan las lagrimas, un rissoto y cogumelos exquisito, un milhojas para chuparse los dedos.
La puesta de sol, con una caipiriña desde la terraza del bar Azul Marhino en Arpoador, la prolongación de Ipanema.
El Santa Teresa, el alojamiento con más encanto de la ciudad, ubicado en una antigua plantación de café, con un diseño colonial muy elegante, es también uno de los hoteles con más magia de América.