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Roma no es una ciudad para visitar sin más, es una ciudad para estar, para ver, para pasear, para repasar de nuevo una y otra vez con calma, cada rincón, para volver de nuevo a grabar en la retina y retener en la memoria cada detalle de cada vicolo o callejón, observar cada fachada, descubrir cada patio que se abre a la calle, sobrecogerse por el encanto y la belleza de cada iglesia, asombrarse ante las magníficas muestras del Renacimiento y del Barroco... y sumergirse en una de las historias más apasionantes de la humanidad. Roma es terrenal y mundana pero divina a la vez. Es cuna de emperadores y residencia de Papas. Es la ciudad que exhibe orgullosa cúpulas que tocan el cielo mientras esconde celosa parte de su historia en el subsuelo. Roma es un museo, el gran museo de la historia y del arte.
El Foro Romano nos conduce por el mismo suelo empedrado que una vez pisó Cesar, nos permite imaginar en el Senado, desde el que se gobernó el mundo, un discurso de Cicerón; imaginar las Vestales orando en los templos de mármol que levantó Augusto a los dioses. Sentir como las legiones desfilaban bajo el Arco de Constantino, por la Vía Sacra, hasta el templo de Júpiter, mientras el pueblo aclamaba al general victorioso. Escuchar como las 50.000 almas que llenaban el fabuloso Coliseo, gritaban clemencia por un bravo gladiador caído en la arena, Pan y Circo, al fin y al cabo. Desprecio ante un histriónico y megalómano Nerón que disfrutaba de su Domus Aurea, mientras el pueblo romano aún sufría la devastación del incendio que asoló la ciudad. Admiración los bajorrelieves de la Columna de Trajano y el relato de la victoria del gran emperador hispano contra los Dacios.
Es arte labrado en Piazza Navona, donde Bernini esculpió el agua para que manara de la fuente de los cuatro ríos, y emergieran los tritones en su lucha contra los delfines. La Fontana de Trevi, que sorprende, de repente, apareciendo ante los ojos de quien busca a una sensual Anita Ekberg. La fuerza serena del Moisés de Miguel Ángel en San Pietro in Vincoli y la fuerza desesperada de La Aoconte en los museos Vaticanos. La belleza de las colecciones clásicas de Villa Borghese o las esculturas del Palazio Altemps que van dando paso al arte moderno y rompedor del nuevo Maxi Museum. Pinceles que han consagrado la Capilla Sixtina. Las pinturas y tapices de Miguel Ángel, Botticelli y Rafael; inmortales, son los primeros en contemplar y saludar a cada nuevo Papa.
Piazzas como Campo di Fiori, con sus terrazas y puestos; Navona sobre el antiguo Circo de Domiciano; Rotonda, que da cabida al imponente Panteón de Agripa; Spagna y sus escalinatas coronadas por la iglesia de Trintá dei Monti; y la elegante Farenese; entre otras, conforman, dan sentido y concentran la vida de la ciudad. El lujo de tantos Palazzios que se asoman a tu paso, rivalizan y pugnan cada día en belleza y esplendor adornando los barrios y calles que los muestran.
La Ciudad del Vaticano, el estado más pequeño del mundo, al que se accede desde la Via della Conciliazione, se abre protegida por recias columnatas de estilo dórico, la Plaza de San Pedro. Allí se erige aún el obelisco egipcio que fue testigo mudo de la crucifixión del apóstol San Pedro. Sus restos junto con los de todos los Papas que desde entonces le han sucedido, descansan en la mayor y más grandiosa Basílica de la Cristiandad, diseñada por los mejores arquitectos del mundo: Bramante, Rafael, Miguel Angel y Bernini.
La cúpula de San Pedro, desde un lugar único y diferente. Sube al Aventino y mira a través de la cerradura del portón de entrada de El Priorato de los Caballeros de Malta, tres estados a través del pequeño agujero: Italia, Malta y el Vaticano. EL REDACTOR RECOMIENDA
1 .- Qué apellido más simpático tiene este chico...
Daniel Camiroaga.- Pasé parte de mi vida viajando por todo el mundo gracias a mi trabajo como ejecutivo de una gran empresa. Me pudo mi vocación de viajero. Siempre llevaba un blog de notas. Notas que ahora se están convirtiendo en guías de viajes para Mydestination