Jueves, 9 de julio de 2009
Las compras, el sexo y la muerte del amor
Fotos de compras en centros comerciales (Efe)
Javier Sánchez* - 30/01/2008
Tennessee Williams dijo que lo contrario a la muerte es el deseo. Pero Williams no especificaba si era el deseo de unos zapatos o de un bolso lo que nos alejaba de la certeza de nuestro carácter caduco, ni si paradójicamente la consecución de lo deseado quizá sea una pequeña muerte.
La psicología de masas, que hoy tiene su Ateneo en los grupos de casadas ociosas que sestean en el Starbucks, dice que con la compra intentamos satisfacer un vacío existencial. Un freudiano afirmaría que se trata de una expresión de insatisfacción sexual. Semejante interpretación tiene doble lectura. Por un lado, de ser así y aunque duela a principio de mes, muchos maridos deberían estar contentos de que la mujer tire de Visa en lugar de tirar de un Darek cualquiera. La segunda es que muchas mujeres tiran de Visa porque saben precisamente que “ahí es donde les duele” a sus respectivos. Ambos presupuestos son absolutamente independientes y por tanto no se excluye que quien tire de Visa también tire de otras cosas. Siempre será más resolutivo mitigar la insatisfacción por dos vías que por una sola.
Pero dejemos por un momento estas pequeñas trifulcas que hacen del matrimonio ese ‘tren de la bruja’ origen de tantas congojas mientras dura, como de alegrías cuando descarrila, se acaba el trayecto o se ve la luz del sol. La compra, su carácter ambivalente, que simule venir en estado de buena esperanza y acabe confesándose preñada de culpa, su sinonimia con la vida y la muerte mismas, demuestran que es una actividad que entraña un significado profundo.
A mí me pasa, que ante el objeto recién adquirido, de cuerpo presente sobre la cama, muchas veces mantengo el mismo rictus compungido que exhibiría ante un lecho de muerte. Y no me parece descabellado ni impropio porque en cierto modo se trata del funeral de una ilusión, de la incineración de un deseo del que no queda nada que no sea polvo o cenizas. Asisto incrédulo al fulgurante proceso de putrefacción de lo que hasta minutos antes, lozano y concupiscible parecía decirme con acento bonaerense: “llevaáme, llevaáme, llevaáme”.
Ni que decir tiene que con el deseo sexual, como deseo que es, pasa parecido. Por eso siempre me ha parecido que Freud no escribía -al menos todo el rato- bajo los efectos de la morfina. Compensamos las carencias sexuales o en un sentido más amplio, las carencias relacionales-afectivas, yendo de compras. En la economía de supervivencia en que el acto de trueque venía a satisfacer necesidades vitales, el antropoide femenino no había pervertido dicho intercambio en un acto social aún. Sólo más recientemente, en cuanto adquisición de lo superfluo, se ha universalizado como tratamiento de la frustración y del aburrimiento, a veces en una forma de agresión contra quien lo restringe, envidia, critica o no se lo puede permitir. Y en ocasiones lo más parecido a un orgasmo higiénico a lo que se tiene acceso.
El acto mismo de la compra guarda un simbolismo inesperado. Configurada como forma de relación interpersonal, encarnó evolutivamente el equivalente femenino de lo que en el macho significaban la caza y la guerra. Puede que ello explique las distintas habilidades que antropológicamente hombres y mujeres hemos heredado de nuestros ancestros simiescos ante la compra. El hombre compra mal porque compra como quien sale a cazar. La mujer caza mal porque caza como quien va a comprar. La mujer compra cuando presenta carencias afectivas porque posiblemente ésa fuese su actividad mientras el Neanderthal andaba detrás del mamut, lejos de la caverna. El hombre, cuando presenta carencias afectivas, ahorra esperando un afecto que poder alquilar y sólo asoma las orejas para ir a la cueva de la vecina.
La ligazón extraña entre compras, carencias afectivas y matrimonio, me ha permitido redefinir una vieja enfermedad con el flamante nombre de síndrome de MSA. La MSA, la ‘Muerte Súbita del Amor’, es muy frecuente y su factor causal más identificado es haberse casado en los dos últimos años. La buena noticia, por tanto, es que no es imprevisible ni inesperada. Desconfíen de quienes les aseguren no poder predecirla ni prevenirla, porque sí podemos. Es tan sencillo como evitar el desencadenante. ¿Siempre? No, no siempre, pero sí cuando entendemos que el matrimonio ha quedado exento de otra justificación que realizar un deseo largo tiempo añorado. En tal caso, conllevará inexorablemente la muerte del amor que lo impulsó. Se tendrá un matrimonio sí, como también se tienen los zapatos, el trozo de mamut y el que cazó al mamut. Sin embargo, el espíritu que lo alentó habrá expirado ante nuestros propios ojos.
En la consecución de cada deseo reside su propia muerte. El deseo desaparece, para dejar lugar a su cadáver, que es la realidad. El carácter de muerte progresiva que reflejó con maestría Balzac en La piel de zapa, último libro leído por Freud en su vida, podría resumirse así: mientras existe deseo, existe vida; cuando la capacidad de sentir aquél se extingue, ya no. Como regla general práctica, si quiere conservar el amor de su ser querido evite iglesias y centros comerciales. Si no tiene Visa propia, ignore el consejo anterior.
*Javier Sánchez es psiquiatra.El 'interior' de Stella McCartney
@Miriam Rubio - 30/01/2008
Town House Galleria, un 'siete estrellas' en pleno Milán
@Jacobo Corujeira - 30/01/2008
Bryan Adams retrata a la nueva Sofia Loren para Guess
@Jacobo Corujeira - 30/01/2008
Grimaldi Giardina celebran sus diez años en la moda con un libro recopilatorio
Efe - 30/01/2008
¿Quiere usted vestirse con la ropa de Ricky Martín?
Efe - 30/01/2008
Categorías
En Archivo
LAS MÁS
Todos los derechos reservados © Prohibida la reproducción total o parcial
Titania Compañía Editorial, S.L