Miércoles, 8 de julio de 2009
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@Paloma Barrientos - 08/12/2007

Hasta hace unos días las imágenes, fotografías e informaciones relativas al “cese temporal…” de los duques de Lugo eran un valor en alza. Es decir, que si la Infanta Elena y su ex fueran acciones cotizadas en bolsa pertenecerían al selecto club del Ibex 35. Todo lo concerniente a sus entradas y salidas más los rumores relacionados con las causas de la ruptura y los amigos más íntimos de la primogénita se convertían en noticia de portada en revistas del corazón y en reseña destacada en periódicos de tirada nacional. Y era así por una simple razón de interés general, por mucho que los valedores de la ética cósmica se rebelen. Como dato anecdótico cabe señalar que estos seudoquijotes son los mismos que luego se prestan a participar en tertulias televisivas donde cobran un congo por hablar precisamente de estas noticias.
Guste o no a sus protagonistas y a la propia Casa Real, la separación y posterior divorcio de una Infanta es cuestión relevante. Otra cosa pueden ser, por lo innecesario de ciertas imágenes, los seguimientos a los ex cónyuges cuando van con los niños Froilán y Victoria. Una vez (y hasta dos) son informativas, pero las siguientes, con más de lo mismo, podrían ser evitadas. En su caso y en el del resto de personajes públicos. En el caso de los nietos reales es algo que los propios medios se han encargado de suprimir por iniciativa propia. Hasta ahora muy pocas veces se había hecho un seguimiento tan directo de los miembros de la Primera Familia. Entre otras cosas porque si los protagonistas no querían, como así ha sido en múltiples ocasiones, tienen a su disposición toda la maquinaria operativa y de seguridad que necesiten o requieran.
Los círculos concéntricos solo se rompen cuando el Rey, la Reina, los príncipes y las Infantas lo quieren. Ni antes, ni después. Por eso, tras escuchar la frase de la duquesa de Lugo de “vamos a amainar un poquito” dirigida a los reporteros de calle, estaba claro que el siguiente paso vendría dado por “decreto”, como así parece que ha sido. Por cierto, la mirada que doña Elena dirigió a los informadores podría haber sido la misma que le habría lanzado a Hugo Chávez de haber coincidido con él en un encuentro internacional.
Los nuevas normas ya han tenido su particular efecto mariposa. El primer aviso, como en las faenas taurinas, vino dado por el sorprendente recuadro publicado en la revista ¡Hola! Más o menos venía a decir que ya no habría más reportajes de los ex cónyuges Lugo de protagonistas. Hay quien quiso ver en este anuncio la primera medida de presión porque se rumoreaba que en poder de varias revistas había material gráfico cuya publicidad molestaría a la Casa. De hecho, las imágenes de Jaime Marichalar entregando a los niños y con la madre en la puerta de la nueva casa sin dejar pasar al ex no sentaron nada bien a la Infanta. Es de sobra conocido su fuerte carácter, menos explosivo que el del duque pero también del tipo bomba de relojería. Cuando explota, explota.
Los siguientes elementos discordantes tienen que ver con la petición de algunos miembros de seguridad -aparentemente muy presionados- a los reporteros habituales de que, como favor personal, no les siguieran. Otro dato de cómo anda el patio tiene que ver con los periodistas y gráficos que cubren los actos de la Familia Real. Ellos mismos pidieron a sus compañeros que abandonaran el tema porque “nos quitan las acreditaciones y no podemos volver a entrar en ningún lugar donde estén ellos”.
La derivación de este “segundo” consejo también ha llegado a algunas publicaciones que ya no compran ningún reportaje de los duques de Lugo ni solos, ni separados, ni con amigos, ni comprando, ni con caballos… que estos también (los caballitos trotones) tienen derecho a su intimidad. Por lo tanto, si no hay demanda no hay oferta. Otro frente neutralizado.
Por el momento el último acto de conciliación callejera tiene que ver con la forma en que los escoltas -policías nacionales cuyos sueldos corren a cuenta de los presupuestos generales del Estado- cortan la calle donde vive Marichalar hasta que éste se pierde con su coche por las calles del barrio de Salamanca. A pesar de los atascos que produce esta decisión arbitraria, el protagonista ni se inmuta. Por cierto, y rememorando los años tenebrosos en que la calle no era de los ciudadanos sino de Fraga cuando era ministro franquista, la seguridad del ex marido de la Infanta no deja que los reporteros permanezcan en la acera... Que ahora y gracias a la democracia y al papel desempeñado por el ex suegro sí es de todos.
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