

@Paloma Barrientos - 08/03/2008

En casi todas las familias, el pariente que tiene la casa más grande suele encargarse de organizar las reuniones festivas del tipo ‘BBC’. Es decir, bodas, banquetes y comuniones más cumpleaños, santos y hasta el aprobado del carné de conducir en el caso de que te llames Tamara Falcó. Recuerden que la hija megachuli de Preysler se fue a Cuenca como otros famosos para conseguir el preciado documento. Aunque le sirvió de poco porque ahora, y tras varios golpes y choques (de ahí que la bautizaran como tamarachoquetín), ya no conduce.
La premisa de a más metros cuadrados utilizables más responsabilidad familiar es aplicable a cualquiera, salvo que se forme parte del clan Thyssen-Cuesta que no sólo no se reúnen, sino que cuando lo hacen por imperativo casi legal es para lanzarse cuchilladas verbales. Así viene ocurriendo desde que Borjita plantó cara a su madre. Pero este tipo de relaciones no es lo habitual. Por ejemplo, la Princesa Letizia se ha convertido en el eje festivalero del clan Ortiz Rocasolano.
La Casa de Asturias -así la bautizaron los amigos aludiendo al terruño de la dueña y no al título del heredero- tiene 3.450 metros cuadrados, de ellos 1.700 útiles más jardín y monte para aburrir. La vivienda donde muchas veces se instala la abuela Menchu y ahora Telma consta de cinco dormitorios, cinco cuartos de baño, cuatro vestidores, tres salones, dos despachos y una amplia zona para el servicio. Grandecita y amplia para que cuando los parientes (Telma, Menchu, tita Henar, las primas asturianas, el tío Paco de Bruselas…) se quieran quedar estén cómodos.
La princesa es muy de estar en casa, donde organiza barbacoas los fines de semana y tardes de cine con el palomitón industrial que le regaló por la boda el tío Paco. Y más desde que nació Sofía. De hecho, si se observa el calendario de trabajo de los príncipes, los fines de semana no suelen tener obligaciones profesionales. Desconozco si es casualidad o tienen algo que ver con decisiones personales tipo Escenas de matrimonio. Aunque no me imagino a doña Letizia diciéndole a su marido “Cari, de lunes a viernes trabajas y el finde en casa con las niñas”. Pero sí llama la atención que mientras la agenda de la Reina y las Infantas continua en la misma línea, con viajes y reuniones solidarias, la de la princesa se ha reducido en febrero a audiencias en el Palacio de la Zarzuela, tres inauguraciones y un acto institucional. Y nunca coincidiendo con fin de semana que, como para cualquier trabajador, son sagrados.
Por eso, a la “llamada de la sangre” que la Princesa Letizia lanzó a sus familiares para celebrar el noventa cumpleaños del abuelo querido tuvo la respuesta adecuada. El domingo pasado le organizó en su palacio una fiesta por todo lo alto, donde no faltó de nada, como debe ser. Paella, tarta y regalos para el entrañable Francisco Rocasolano. Es un hombre siempre amable con la prensa, que ha demostrado que la normalidad no está reñida con el rango de ser bisabuelo de futura reina. Este perfil también lo ha heredado la hija Paloma, que el día del aniversario agradeció a los reporteros que estaban apostados en la calle las felicitaciones sin montar ningún lío.
Desde hace un tiempo, Francisco y Enriqueta viven en su casa. Muy a su pesar, tuvieron que dejar el apartamento de Alicante porque resultaba poco operativo al ser demasiado mayores para estar tan lejos de la familia. Como muchos jubilados, Francisco y Enriqueta cambiaron el frío de Madrid por el buen tiempo de la costa alicantina. Ahora no ven el mar, pero sí en cambio disfrutan de la presencia de Carla, Leonor y Sofía y, por supuesto, de Telma que muy pronto les hará de nuevo bisabuelos. Las niñas les cantaron el ‘cumpleaños feliz’. Apagaron las velas e imagino que en el caso de Leonor se acompañó de la pandereta. En la fiesta de Navidad ya demostró que era una experta con este instrumento.
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