Miércoles, 9 de abril de 2008
EN EL DIVÁN
En busca de la píldora de la felicidad
@Javier Sánchez* - 12/03/2008

Una mañana nos despertamos y nos encontramos con que alguien ha andado esa noche deshilando todo aquello tejido durante años en la rueca del desvelo. Seis años de exigente carrera, cuatro años de especialidad en Psiquiatría durmiendo a ratos, y su doble en práctica como confesor, chamán, eminencia, gañán, perito, prescriptor, puta de las caras, funcionario, salvador y victimario, y el otro día me tengo que desayunar con que a la televisión le ha dado por prestar oído a un estudio que aun sacado de contexto fue capaz de poner a mis colegas los pelos como escarpias.
Basándose en el archiconocido hecho de que cuando se dan antidepresivos a personas sin depresiones importantes es difícil encontrar beneficios (diferencias significativas lo llamamos en investigación) entre los nuevos antidepresivos y el placebo, cada periodista que pasaba por allí hacía su gran aportación a las palabras entresacadas de la entrevista con el investigador principal que firmaba el estudio referenciado.
Uno de los errores más graves en Medicina y Psiquiatría, a veces cometido por los propios profesionales sanitarios, es no comprender el significado del concepto que encierra el efecto “placebo”. Hablando del dolor físico: el hecho de que un dolor se alivie con un “placebo” (una sustancia químicamente inactiva como agua con azúcar) no significa que ese dolor no exista. Simple y llanamente traduce que ese dolor responde a placebo. A lo largo de mi vida he visto demasiadas personas a los que más tarde se diagnosticaría un cáncer o infarto ser catalogados de histéricos porque su dolor había respondido al placebo.
El conocimiento sobre la eficacia de los medicamentos se basa en estudios imperfectos en que se compara en qué medida ayudan con respecto a otros medicamentos o a placebo. Sin duda lo mejor que podemos conseguir, pero imperfectos. ¿Cómo detectar que una persona que ha aceptado participar en un estudio sobre depresión padece realmente la enfermedad y que la información extraída es incuestionable? El diagnóstico podría ser otro, la persona podría estar fingiendo, a médico o paciente les podría interesar bien “exagerar” bien “atenuar” la respuesta al tratamiento empleado. Esas y otras decenas de dificultades metodológicas han intentado solventarse en la investigación médica con mejor o peor suerte. Por ello, tiene sentido que los investigadores mencionados conjuntasen todos los datos existentes y tratasen de evaluar su validez. Ahora sabemos científicamente algo que ya sabíamos antes clínicamente.
Pero lo preocupante no es que nos vengan a enmendar la plana periodistas que entre todas las informaciones ofrecen siempre la que mayor alarma social puede producir. Lo lamentable es que cada psiquiatra se harta de repetir con más de la mitad de los 20 pacientes que tiene día a día “lo que a usted le ocurre tiene que ver con la vida, y eso no se cura con pastillas” y que ese señalamiento benévolo venga con tanta frecuencia seguido de la frase “pero me dará la baja, porque que estoy deprimido lo ve hasta un idiota, y además me manda unas vitaminas para ver si me repongo”. Lo trágico, como digo, es que los enfermos psiquiátricos graves no vayan a consulta porque les pone nervioso esperar en la sala de espera mientras tres señoras que vienen de la peluquería comentan lo que pasó en ‘Donde estás corazón’. Lo indecente es que hayamos psiquiatrizado las miserias de la vida doméstica y nos escudemos en que nuestra condición de contribuyentes nos faculta para exigir la píldora de la felicidad.
De estas tergiversaciones noticiosas salen perjudicados siempre los mismos, los más vulnerables, en este caso los pacientes verdaderamente deprimidos que ya albergan por su enfermedad suficientes dudas y sufrimiento como para recibir consejos no profesionales. Resulta curioso que en el mismo país que ocupa un puesto en formación científica por detrás de otros treinta y pico cualquiera se sienta cualificado para dar consejo médico psiquiátrico. Por desgracia y por fortuna, la enfermedad psiquiátrica no es la selección nacional. De un lado requiere algo más que buena intención, de otro no pasar de cuartos significa el mayor de los desastres: la pérdida de un ser humano.
*Javier Sánchez es psiquiatra.
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