Miércoles, 24 de junio de 2009
Adictos al trabajo
Javier Sánchez* - 19/03/2008

Existe un test rápido para determinar si uno es un ‘workaholic’ (un adicto al trabajo o no). Si usted está leyendo esta columna en horario laboral y mira el reloj cada media hora para ver si llega el momento de marcharse a casa, tranquilo, definitivamente, usted no lo es. Si lo está leyendo en su oficina después del horario laboral y podría haberse marchado hace rato pero espera algo que le retenga un rato más, felicidades, puede que usted lo sea.
Cuando la maldición bíblica del trabajo es convertida en el centro del universo personal, hablamos de lo que se ha llamado ‘workaholism’ o adicción al trabajo. Es, como tantas otras desviaciones de la conducta humana normal, un rasgo que al hacer sentir orgulloso a su poseedor se convierte en una especie de rasgo identificativo. Es como ser del Atlético de Madrid, no necesariamente bueno ni malo, pero que forma parte de nuestra estructura de personalidad, y a lo que por tanto no estamos dispuestos a renunciar. A eso en términos psicoanalíticos se le llama narcisización del rasgo patológico.
Posiblemente sea una de las pocas adicciones de las que el ser humano afecto no se siente avergonzado o culpable. Poco importa cuánto se haya llevado de su entorno y cómo le haya dañado sustituir la vida familiar, los amigos o los enemigos por ese nicho de metacrilato que es su despacho. Cuando se oyen calificar como tal, los adictos al trabajo disimulan una sonrisa de autocomplacencia si es que no la muestran abiertamente.
Comparte con las dependencias tradicionales (alcoholismo, cocainismo, morfinismo) la renuncia a otras actividades para satisfacer el objeto de su dependencia, la necesidad de una intensidad creciente para mantener el placer experimentado, la experimentación de síntomas de abstinencia mientras cualquier situación impide la consecución del estímulo adictivo.
Los fines de semana, los períodos vacacionales, la jubilación… constituyen los períodos de máximo riesgo para estos sujetos biológicamente predeterminados a experimentar una intensa reacción química cerebral con la actividad laboral. Los estudios animales han demostrado que tras un tiempo asociando la exhibición de una luz a la administración de una sustancia adictiva como la cocaína, las ratas acaban presentando una reacción cerebral (producción de dopamina) no en el momento de la administración de la cocaína como sería esperable, sino en el momento en que contemplan cómo la bombilla se ilumina.
Esto es, aunque inicialmente el estímulo que produce la reacción en nuestros circuitos de recompensa cerebrales sea otro: el dinero o el reconocimiento, por ejemplo, por virtud del mecanismo denominado condicionamiento operante, pronto un estímulo asociado y previo, el trabajo, se termina por asociar a la respuesta química.
Su carácter deletéreo para la salud mental del individuo viene dado por la frecuencia con que estos individuos se deprimen, pierden el disfrute y su impulso vital en períodos en que la edad, la enfermedad o cualquier otra circunstancia provocan el cese súbito de su actividad profesional. También conduce a la aparición de repercusiones físicas, ligadas a las pautas insalubres de alimentación, al insomnio, al consumo de otras sustancias tóxicas y a las reacciones de estrés mantenidas en el tiempo. A su vez estos mediadores aumentan la aparición de fenómenos cancerosos o enfermedades cardiovasculares con frecuencia demasiado avanzadas cuando se produce la consulta médica debido a su tendencia para postergar el cuidado propio.
Como ocurre con los cigarrillos o el alcohol, existiría una estirpe de seres humanos protegidos contra dicha adicción. Así, con las primeras experiencias desarrollaríamos una reacción aversiva o de rechazo que quedaría fijada en nuestro cerebro, llevándonos a evitar ulteriormente lo máximo posible el estímulo. Igual que no todos los que prueban el hachís o el alcohol se convierten en adictos a estas sustancias, la mayoría de los seres humanos somos lo que podríamos llamar ‘workaversivos’. Iremos directos al reino de los Cielos, a Dios no debe complacerle que se disfrute de lo que debía ser un terrible castigo.
*Javier Sánchez es psiquiatra.Londres está en el Pacífico y Toledo, en Ohio
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