Miércoles, 28 de mayo de 2008

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EN EL DIVÁN

Monstruos domésticos

@Javier Sánchez* - 07/05/2008

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Monstruos domésticos
 Andrés Pajares (Efe).

El sueño de la razón engendra monstruos, y de ellos el más terrible no es el desconocido, sino el doméstico negado, aquel que se dice que no existe pero está ahí y dormita a la vuelta del pasillo. Merodeando en torno a la cama del niño, no hay monstruo más amenazante que el que habita en el armario o en el sótano, en la habitación de al lado, aquel que se ampara en la oscuridad y cuyo zarpazo huele a familiaridad. La mayor parte de abusos físicos y violaciones a niños son realizados por sus familiares, pero hasta hace poco imperaba la cómoda idea de que eran fantasías infantiles.

Muchos adultos se vuelven hábiles para negar al monstruo. Decir al niño que los monstruos no existen, invalidar su experiencia o simplemente desoír su súplica sigue ocurriendo. Negar tres o trescientas veces la naturaleza del psicópata adaptado y aparentemente correcto que les ha dado el apellido, ocupa la silla de dirección de un partido político, dirige un medio de comunicación o es consejero delegado de una multinacional preserva nuestra apatía espiritual.

El humano convencional que desea la certeza de que el otro es confiable, y más si el otro se aloja intramuros, necesita pensar que hay una explicación para la protervia, que detrás de la maldad existe una causa transitoria, acaso una enfermedad mental. Si determinamos que gente como el ingeniero austriaco deberían ir al psicólogo, se justifica al maltratador: “ayer se le fue la mano porque estaba bebido y tiene una mala racha”, y a las malas malas invertida la carga de la prueba se establece que la víctima “algo habrá hecho para merecerlo”.

Y así mientras el monstruo se disfraza de persona corriente, y la sociedad colecta fondos para regalarle una cirugía estética de normalidad, el barrio se convulsiona porque a los del cuarto el chico les ha salido gay, por lo de “Marifé” que ha llevado otro novio más a casa y trata de desentrañar qué enfermedad hace a Pajares deambular en calzoncillos por el hotel Arts.

Así las cosas, Pajares parece el único que sigue haciendo de sí mismo y genera el fastidio de quien se pierde víctima de su propio papel, mientras millones de ojos asisten a la representación de esta “españolada” grotesca que es su vida. Durante 24 años no hubo en cambio miradas escrutadoras que pudiesen salvar a una niña de las violaciones de su padre, pues andábamos todos a otros asuntos de tanto o mayor calado como el ritmo de deposición verbal de Andrés, Andresito y Mari Cielo, Conchi, Chonchi y demás prosapia. Y sin embargo de golpe el mundo vuelca su gran cabezota hueca hacia aquella “inocencia interrumpida” de Elisabeth Fritzl y faltan pelos que mesar, es la sociedad ahora quien representa su réplica, nos volvemos indignación. El ojo del Gran Hermano es demasiado miope para según qué miserias y mezcla chanzas con tragedias para llorar, más porque la verdad le irrita la conjuntiva que por vergüenza propia.

Una vez un paciente me dijo que el viaje a la locura asegura incómodos compañeros. Me explicó que a los enfermos de verdad les toca aguantar a advenedizos de uno y otro signo, simuladores y disimuladores, que se suben a la burra y se apean de ella, fingen desvaríos y luego los niegan, de acuerdo con su conveniencia. Y que esos advenedizos éramos todos y cada uno de nosotros: los que proclamándonos cuerdos no éramos capaces de tolerar nuestro propio reflejo en los ojos del malvado.

¿A quién extraña pues que el miedo a la lucidez se nos coma vivos?

*Javier Sánchez es psiquiatra

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