Sábado, 11 de julio de 2009
El ombligo del mundo está habitado por moáis
Moáis de la isla de Pascua (Efe)
@Miriam Rubio - 22/05/2008
Cuenta la leyenda que los primeros en instalarse en ‘el ombligo del mundo’ provenían del lejano reino de Hiva. Dice que un viejo sabio predijo que el destino de Hotu Matu'a, quien se convertiría en el primer ariki (rey) de Rapanui, era viajar al lugar del Pacífico que hoy en día conocemos como la isla de Pascua y salvar a parte de la población que consiguió huir del reino de Hiva tras una tempestad que inundó todo el terreno en que vivían. El lugar elegido para instalar a la corte real fue la playa de Anakena, situada en la parte norte de la isla, lo que hace pensar a los historiadores que Hiva, el lejano reino del que provenían los moradores de la isla, se situaría en lo que hoy conocemos como islas Marquesas.
Actualmente, los 163,6 metros cuadrados de superficie que tiene la isla están habitados por 3.791 habitantes -descendientes algunos de aquellos que llegaron en el siglo IV de nuestra era- de los que el 90% viven en la capital, la población de Hanga Roa, la única existente en este islote, al que únicamente vuela la compañía comercial LAN, en vuelos regulares que recorren el trayecto de Santiago de Chile a Tahití.
Llegar a la isla de Pascua siempre supone una sorpresa para el visitante, que no puede dejar de admirar, y en ocasiones de temer, a las impresionantes estatuas de piedra que cohabitan ese reducido espacio de tierra. Son los moáis, unas moles de roca volcánica –cortadas con herramientas de basalto y obsidiana- que los ancestros de los actuales habitantes de la isla construyeron. Se sabe que hay más de 600 en toda la isla, probablemente fueron construidos con toba del volcán Rano Raraku, ya que cerca de este cráter hay 397 moáis. La función de estas estatuas –el significado de la palabra moái, procedente de la lengua rapanui es precisamente ese, estatua-, que fueron esculpidas y erguidas entre los siglos XII y XVII, era la de representar a los antepasados fallecidos para que protegieran a los vivos.
Debido a esto, las figuras se encuentran dispuestas alrededor de la costa pero con el rostro vuelto hacia el interior de la isla, para poner los ojos sobre aquello que debían salvaguardar, a excepción del complejo Ahu Huri A Urenga, que tiene el único moái orientado hacia el amanecer. Dicen los entendidos que en sus orígenes llevaban sobre la cabeza un moño de piedra roja llamado Punkao, y dos placas de coral en las cuencas de los ojos, con lo que pretendían convertir a las rocas en aringa ora, es decir, rostro vivo de aquellos que querían representar.
Cuando en el siglo XVII los primeros navegantes europeos se acercaron a este punto del océano Pacífico, situado a cerca de 3.500 kilómetros de distancia de Chile, país al que pertenece y que es el punto continental más cercano, no pudieron evitar su sorpresa al ver las inmensas estatuas rituales. Fue el 5 de abril de 1722 cuando el holandés Jacob Roggeween tocó tierra en Rapanui –‘la isla grande’ en el idioma de la isla de Tahití, adoptado por los locales-, justo el día de la Pascua cristiana. Por este motivo bautizó a la isla con el nombre que hoy la conocemos.
Poco antes de la llegada de los europeos, por lo que se cree, fue una guerra tribal entre diferentes habitantes de la isla, parte de los moáis fueron derribados de sus ahus (las plataformas ceremoniales sobre las que estaban situados) para eliminar la protección que los ancestros brindaban a la tribu a la que otra iba a atacar. Por ese motivo, quien se acerca hasta ‘el ombligo del mundo’, como se conoce a esta isla por ser el centro espiritual de la Polinesia, no podrá observar los moais en toda su plenitud, aunque gracias a los trabajos de restauración, algunos aún se mantienen intactos.
Las estatuas que gobiernan la isla son la razón de que la UNESCO otorgara a Rapanui la denominación de patrimonio de la humanidad en 1995. Destacan entre los rincones de la isla, la aldea ceremonial de Orongo, dedicada al dios creador Make-Make, quien cada año otorgaba el poder al hombre pájaro en una ceremonia que tenía lugar cuando el hombre presentaba ante los dioses el primer huevo recogido de Manutare (aves que llegaban a anidar a la isla en primavera), lo que daba lugar a grandes festejos y a la obtención del poder durante un año de aquel alumno aventajado que entregaba su trofeo.
Resulta interesante acudir a la cantera de las tribus primigenias de la isla, el volcán Rano Raraku para hacerse una idea de cómo conseguían las estatuas, ya que de la forma de transportarlas hacia la otra punta de la isla –cuestas incluidas- es a día de hoy un misterio por la reducción de la población a tan sólo 210 habitantes tras la invasión europea por enfermedades y hombres y mujeres llevados a la esclavitud.
La isla, dada su situación, no sólo es perfecta para soñar con ancestros, espíritus, luchas tribales y antiguos rituales. Para quienes quieran descansar y disfrutar de las bondades del fondo marino la playa Ovahe es el lugar idóneo para hacerlo. La arena y los acantilados rojizos sirven de marco a unas aguas en cuyo fondo se esconde una flora y una fauna que hace las delicias de los buceadores y aficionados al snorkel.
Si el visitante no quiere perder detalle de todo lo que puede dar de sí unos días en la Isla de Pascua, la mejor fecha para ir es la primera quincena de febrero. Es entonces cuando tiene lugar la Tapati Rapa Nui, donde se funden las religiones ancestrales y el cristianismo, la artesanía local se muestra ante los visitantes, y las papas alohas, el ceviche y otras delicias de la gastronomía –basada principalmente, como no podía ser de otra forma, en productos marinos- se ofrecen a quien se acerca a Rapanui como una muestra más de una cultura única en el mundo y que en algún momento de su historia, fue, al menos para sus habitantes, el centro de él.
Hoja de ruta
Cómo llegar: Vuelos desde Santiago con LAN Chile
Dónde alojarse: Hotel Hotu Matua
Dónde comer: Restaurante Merahi Raa, Te Moana.
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