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Sábado, 11 de julio de 2009

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La estrella de Ana Obregón

Javier Sánchez* - 28/05/2008

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La estrella de Ana Obregón
 Ana Obregón (Efe)

La llaman ‘La Fantástica’. Pero Ana Obregón no es fantástica. Y ese es el origen de todo su sufrimiento narcisístico. La artista se mira en la ciénaga del famoseo y no ve su reflejo, ve el reflejo de lo que no es. Como el Narciso mitológico, embargado por lo que quisiera ser, se abalanza contra el fango, y chapotea, que es lo que hacen quienes quieren salvar el cuello por encima de cualquier cosa.

La mirada del otro, la de la cámara, es su razón de existencia. Alienta su espíritu y la vanidad de sentirse capturada por la lente como por una mano de King Kong amable y que ilumina y hace sublime por comparación con la fealdad en derredor. Así se nos muestra esta lúbrica mujer, ni mejor ni peor que tantas otras que cojean de las mismas prótesis.

Pero querer ser el centro del Universo es tarea más de estrellas que de famosas, y he ahí que a esta Madame de Merteuil le hayan sacado los colores sus últimos afectos y desafectos. Se airean sus trapisondas y se sonroja, aunque probablemente más por ira que por vergüenza, como ocurría con Glenn Close en las Amistades Peligrosas.

Llamaríamos mitomanía a esta enfermedad de mentir una y otra vez, falseando una realidad siempre para agrandarla de tamaño. Llamaríamos histrionismo a la necesidad psicológica de constituirse en centro de atención. Llamaríamos psicopatía a la falta de sentimientos de culpa ante acciones mediante las que dañamos a otros Llamaríamos Ana Obregón a la suma de estas tres cosas.

Y es tanto así que una semana sí porque quiere cobrarle a Darek la luz y el agua, y otra también porque se dice que se le han hecho escuchas como a una ‘Madrina’ mafiosa, eclipsa a toda Birmania, a la provincia de “Sichuan” y a lo que se le ponga por delante. Cabrá entonces preguntarnos si es que es más estrella de lo que le atribuimos, capaz de anular la luz de tantas tragedias humanas, o es que entre todos alimentamos su esplendor.

En el clásico de Tod Browning, Freaks, seres humanos con deformidades físicas terribles demostraban durante la trama su infinita capacidad de amor y de decencia. En contraposición, “la bella” y admirada “estrella” del circo exhibía sin pudor las más ruines de las pasiones. La bellísima Ana Obregón de otro tiempo se ha ido pervirtiendo en ese retrato de Dorian Gray que es la pantalla de televisión, y nos muestra, al final a las claras, que firmado su pacto con el diablo de la cirugía estética, su alma se le ha podrido, no ha envejecido bien. Tal vez fuese eso lo que se dice que se le explotó en un avión.

*Javier Sánchez es psiquiatra

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