Sábado, 11 de julio de 2009
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@Vanitatis.com - 01/09/2008

Habitualmente se escuchan quejas de uno y otro sobre los vecinos con los que compartimos el rellano, de los ruidos que nos llegan desde el piso de arriba, de las fiestas de quien vive debajo… pero, ¿y si eso sucede en un hotel? ¿Cuál sería su reacción? Una de dos, o tener paciencia y cuando ya no puede más avisar a recepción, o acercarse por su propio pie hasta la puerta de quien resulta incómodo y advertirle sobre su comportamiento. ¿Y si entonces descubre que el causante del desaguisado es una celebrity?
A más de uno le habrá pasado si se encontraba en el hotel Adlon Kempinski de Berlín en el que Michael Jackson estaba alojado el famoso día en que al mostrar a su bebé a los fans más de uno estuvo convencido de que el pobre niño iba a aterrizar en los brazos de alguno de los seguidores del rey del pop que esperaban bajo la ventana. Afortunadamente el bebé volvió a entrar en la habitación sin más consecuencias.
Otra acostumbrada a armar escándalo allá por donde pasa es Amy Winehouse. De sobra aireada ha sido su poca amistad con los productos de limpieza. Cuentan algunas de las personas que han coincidido en los mismos hoteles que ella que se escuchan golpes, rotura de cosas y que incluso en una ocasión lanzó un plato de espaguetis boloñesa contra la pared.
Claro que otros famosos tampoco se quedan atrás, y casi todos suelen coincidir en exigir detalles cuanto menos curiosos. En una ocasión, antes de entrar en tratamiento, Britney Spears hizo que el hotel en el que se alojaba cancelase las reservas de todos los demás huéspedes. Por su parte, Mariah Carey, además de exigir que las toallas sean de marca quiere agua mineral. Hasta ahí todo bien. La cuestión es que la exige no sólo para beber, sino también para darse su baño diario y, por supuesto, el de su perrito. Algo parecido a lo que pidió Nicole Kidman en el hotel Four Seasons de Chicago. La protagonista de Moulin Rouge solicitó para una estancia de doce horas, 800 sábanas importadas desde Italia.
En España uno de los casos más sonados es aquel en el que se vio envuelta Naomi Campbell cuando salía con el bailarín Joaquín Cortés. El cordobés se encontraba en Las Palmas de Gran Canaria para realizar una actuación cuando su entonces novia sufrió uno de sus famosos ataques de ira. «Sobre las 4 de la mañana recibimos la queja de otros clientes del hotel, de que en la habitación de Campbell había mucho ruido», declararon entonces los empleados del establecimiento, el más lujoso de la ciudad. La diosa de ébano acabó ingiriendo barbitúricos y según versiones nunca aclaradas del todo, amenazó con tirarse desde el balcón del hotel Santa Catalina de la capital grancanaria. El incidente acabó con la modelo en el Hospital del Pino, donde fue sometida a un lavado de estómago.
Pero hay otro tipo de visitantes, que aunque el resto de huéspedes no se enteren, traen de cabeza a los empleados de los hoteles. Tal era el caso de el genial Salvador Dalí, que en una ocasión, durante su estancia en el hotel francés Le Meurice solicitó que le enviaran un caballo a su habitación e incluso enviaba a los empleados a cazar moscas al jardín de las Tullerias para luego liberarlas. Eso sí, consciente de que era un huésped difícil, le regaló a cada uno de sus empleados preferidos una litografía autografiada cuyo valor es ahora incalculable.
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