Habibi, lectores digitales de El Confidencial.
Desde pequeño he oído hablar en términos apetecibles de Beirut. Cada vez que mencionaban esta ciudad, afinaba el oído y, con curiosidad, me dejaba llevar. Generosamente, se la ha comparado con París, y oír esto ya era motivo suficiente para querer descubrir por qué. Aunque, sinceramente… ¡me parece una exageración!
Cuando les contaba y animaba a mis amigos a que viajasen a Beirut, su primera respuesta era: ¿Pero qué coño has ido a hacer a una ciudad derruida, capital de un país que ha estado 10 años en guerra civil y en continua alerta y amenaza de bombardeo de su vecino del sur? No os quedéis en los estereotipos e incluidla en vuestras rutas. Os sorprenderéis viviendo la ciudad, rodeados de mujeres y hombres muy guapos, bailando, bebiendo y enredando, y os encontraréis pensando cómo es posible que durante tanto tiempo fuese el centro de una guerra.

En una visita a Beirut
hay que patear La Corniche. Se extiende a lo largo de la costa que bordea la ciudad y está muy transitada al atardecer con la caída del sol. Los propios beirutíes lo tienen como un lugar esencial de su vida, por lo que es común ver a la gente haciendo
footing, pescando o tomándose algo en las terrazas y bares que se encuentran allí.
Otro lugar digno de ver son las Rocas de las Palomas: uno de los enclaves más bellos de la ciudad. Son unas formaciones rocosas, situadas a pocos metros de la costa, a las que la gente acude para ver la puesta del sol. De aquí nos vamos al Distrito central, que es el centro histórico además de geográfico de la ciudad, aunque también se ha consolidado como núcleo financiero y comercial del país. Fue la parte más dañada durante la guerra, por lo que una cantidad importante de sus monumentos fueron destruidos o seriamente dañados. Todavía se llevan a cabo arduas labores de reconstrucción. Aquí es interesante ver los Baños Romanos, el Gran Serrallo de la época de los otomanos y donde hoy se encuentra el Gobierno del país: la Torre del Reloj y la iglesia de los Capuchinos.
Tesoros arqueológicos de la ciudad
Tampoco hay que perderse el Museo Nacional de la ciudad. Allí se conservan los tesoros arqueológicos libaneses que han podido sobrevivir, aunque el edificio resultó muy dañado. Por suerte, las piezas fueron guardadas en lugar seguro y esa previsión hizo que hoy sea posible admirarlas.
Pero donde antes había ruinas… ahora hay vida y actividad. Así han hecho algo, a mi juicio, muy bonito, que es la reconstrucción de la parte vieja o centro (Down Town), Place de Etoile, con edificaciones nuevas con mucho estilo y de acceso peatonal, ya que es donde se hace la vida social en la ciudad. Además, no se oyen las bocinas de los taxistas queriendo llamar la atención por si necesitaras un taxi. Si lo necesitara, levantaría la mano y ¡ya está! Aquí se encontraba la línea verde (green line), límite de los distintos bandos enfrentados. Todavía se ven edificios semiderruidos, como el Hotel Intercontinental, que se abrió justo antes de empezar el conflicto, y su esqueleto queda como ejemplo de lo que ocurrió y símbolo de lo que no debería volver a pasar. Destacan las dos torres de la Mezquita Hariri y su cúpula azul como skyline de la ciudad. Lo menciono, no solo por su belleza, sino porque se encuentran los restos del presidente Hariri asesinado. Un asesinato que ha quedado sin esclarecer.
Pensad que os encontrareis un pueblo en ebullición, con esa capacidad increíble de resurgir de la nada y de reinventarse después de sus conflictos y depresiones económicas. También se podría interpretar como una huida de la realidad. Por eso, creo que la expresión “tener ganas de vivir”, tan amplia y etérea, aquí en el Líbano, la entiendes en su inmensidad porque la potencian hasta en las cosas más cotidianas. ¡Lo notas! A los libaneses les encanta ir de fiesta, una buena mesa y les va la marcha. Son muy sexuales. A pesar de ser provocadores, hay que ser discreto en espacios públicos, ya que no todos los gays se expresan abiertamente.
Los dólares norteamericanos son aceptados en todo ámbito, como la libra libanesa. (1$ es a 1000 libras). Te sorprenderá la presencia militar en las calles. En el aeropuerto, te miran el pasaporte de arriba abajo buscando algún sello israelí. Si viajáis a Israel, podéis pedirles que os pongan el sello en una hoja aparte para evitar estos problemas en bastantes fronteras árabes.
Los beirutíes son súper cálidos y amistosos. De todos los países árabes que conozco, en Líbano he sentido una hospitalidad más ostentosa y franca. No es de extrañar que se haya convertido en el meeting point, centro de ocio o, por qué no, válvula de escape para gran cantidad de población de los Emiratos del Golfo y saudíes, ya que lo que no pueden expresar en sus países se desata aquí con más libertad.
Un lugar plurinacional con un origen común
Otro factor determinante es que si el país tiene 4 millones de habitantes, existen casi 11 millones más fuera de sus fronteras, formando colonias muy influyentes en países como Brasil, Chile y Canadá, entre otros. Es anecdótico que el alcalde de Sao Paulo le increpase al presidente del Líbano que en Brasil tienen el doble de libaneses que en el propio país. Imaginaos el efecto maravilloso en época de vacaciones, con la llegada de muchos de ellos, donde el Líbano se convierte en un lugar plurinacional con un origen común. Además, se producen importantes aportaciones tanto económicas como culturales.
El mejor ejemplo de lo que os hablo es el sitio de copas Skybar. Tiene la peculiaridad de ser el bar más grande, dicen que del mundo, en la azotea de un conjunto de edificios. Veréis las vistas de prácticamente toda la costa libanesa. La única norma que ponen es que sea proporcional el número de hombres y mujeres en cada grupo al entrar. Como podéis comprobar, hay cierta tendencia a la exageración en Beirut. Creo que su positivismo les lleva a exagerar. Oiréis hablar en muchos idiomas según vais avanzando. Luz indirecta, diferentes niveles y, en el centro, con la trasera abierta con vistas al Mediterráneo, una barra de alabastro iluminada como si fuera una escultura. ¡Espectacular! Otra opción es el Bardó: cocktails y ambiente sosegado con una plantilla de camareros muy amables.
Si seguimos con ganas de disfrutar, el BO 18, puede ser de los clubes más populares en Beirut. Cuando le pregunté a un amigo cómo lo definiría, me dijo textualmente y en inglés: “Underground with a vampire feel”. ¡Lo calcó! Cuando abren el techo bailas debajo de la luna, o en la propia luna, tal vez. Y como son cañeros y les va la marcha, Milk se convierte en la opción alternativa, de público mixto en el centro de Beirut.
Ahora, os reconozco que las sensaciones más gratas que me he traído están relacionadas con la gastronomía. Sabores, presentaciones, olores, texturas, colores; todo apetecible. De todos, Mayring, especializado en comida armenia, es el que más me ha gustado. Scoozi es un sitio divertido, por eso lo menciono, ya que puedes comer sushi y pasta bajo el mismo techo.
Están muy de moda los clubes de playa, como el Oceana, donde puedes estar bailando en la piscina con musicón, comer y pasar el día. Para los más cañeros, piscina tipo rave, y para familias con sus hijos, otro espacio totalmente diferenciado. Para llegar se cruza por plantaciones enormes de plataneras.
No es una ciudad barata. Y eso lo ves en sus tiendas, que abren entre las nueve y las seis de la tarde. El Centro Comercial ABC está lleno de lo último en diseñadores internacionales y regionales, como el espacio abierto por el conocido cantante saudí Waed. Me encantaron los muebles de la tienda Vanlian & Envy, del muy creativo Vicken Vanlian. Una muestra interesante de lo que están creando mentes libanesas.
Beirut ha sufrido mucho, pero siempre se repone. Es una ciudad desmesurada y con una fuerza irresistible.