@Vanitatis.com - 31/08/2010

Lo de poner al mal tiempo buena cara toma su máxima expresión, valga la redundancia, en Sarah Ferguson. No importa que soplen vientos huracanados del norte o del sur, que la seguridad de la Casa Real británica penda de un simple hilo o que las deudas amenacen con hundir a quien un día se sentó a comer en la misma mesa que la temida reina Isabel II en la bancarrota, esa situación que no entiende de títulos nobiliarios ni estatus. La ex del príncipe Andrés ha disfrutado de unas vacaciones de lujo en Sotogrande y Porto Cervo, va y viene con su amiga Naomi Campbell y su panda de amigos millonarios, y se planta las joyas y la pamela cuando la ocasión lo merece. Todo por una hermanastra.
El pasado sábado, Ferguson acudió a la boda de su hermanastra Alice, de 29 años, junto a sus hijas, las princesas Eugenia y Beatriz. Los fotógrafos, aunque no estaban invitados, también hicieron acto de presencia y nos regalaron la instantánea de una arruinada hasta las cejas Sarah Fergusson con ajuar, pamela y vestido con rubrica famosa en el mundo entero. Así se las gasta Sarah, que se ha visto envuelta en todas las polémicas habidas y por haber. Desde la quiebra de su empresa y varias controvertidas incursiones televisivas, hasta el tráfico de influencias a cambio de sustanciosas cantidades de dinero. De nuevo, las tormentas volvieron a reactivarse.
Pero, a pesar de tanta borrasca, parece que la ex duquesa de York todavía tiene admiradores. Serán los que loan su capacidad para olvidar y posar año tras año, polémica tras polémica, como si nunca hubiese roto un plato. Mientras, en palacio, se avergüenzan de su fama de manirrota y la animan a que se declare en bancarrota. Según la prensa del país, sus deudas ascenderían a más de seis millones de euros, de los que prácticamente la mitad se deberían a los intereses que siguen produciendo las pérdidas de su empresa y por los que tendrá que responder de inmediato.
Y así, mientras medita qué hacer con su futuro más cercano, piensa el gesto para su próxima foto, el vestido para la próxima ceremonia o acto social al que seguramente estará invitada en calidad de famosa con pedigrí gracias a su paso por Buckingham o cavila sobre cuál puede convertirse en la próxima declaración incendiaria que anime el cotarro. O no. Sus fieles admiradores afirman que no hay nada de impuesto en ella, que sólo es como es. Le haga o no justicia.