“A la gente le gusta la basura, por eso la hacemos. El público es muy corto y quiere ver enfrentamientos, insultos, emociones baratas. Y nosotros se las damos porque eso nos genera beneficio”. Si hay una excusa que explique la telebasura es ésta, habitualmente argumentada por quienes, de un modo u otro, deciden qué productos emitirán las grandes cadenas. En la mente de los programadores, el espectador es básicamente tonto, por lo que si se hacen productos que sean lo más simples y lo más polémicos posible, terminarán llegando a mucha más gente. Su excusa estrella es: “no seamos hipócritas, la basura vende y nosotros somos vendedores”.
Sin embargo, tales argumentos no parecen del todo ciertos. Como señala Salvador Cardús, periodista, sociólogo y profesor en la Universidad Autónoma de Barcelona, “hay una buena proporción de ciudadanos que aborrecen este tipo de contenidos”. Además, como subraya José Javier Esparza, periodista y escritor, “esos programas que parece que ve todo el mundo no los ve en realidad tanta gente. El viernes, Jaime Cantizano y Jorge Javier Vázquez juntos no pasan de dos-tres millones de espectadores, que son un pequeño porcentaje de la población española”.
Eso no significa que estemos ante un reducto televisivo menor, ya que tales programas cuentan con un público fiel (“siempre existe la curiosidad malsana de mirar por la cerradura, como cuando uno se para a ver un accidente”, asegura Cardús), fundamentalmente compuesto por aquellos que poseen un perfil cultural bajo. “Estamos recogiendo quizá las últimas generaciones con poca formación y con dificultades para tener un criterio, toda vez que no han contado con una educación audiovisual que les ayude a forjar un juicio crítico. Las nuevas generaciones, y se trata de algo que puede apreciarse en muchos de los jóvenes espectadores universitarios, no siguen en absoluto este tipo de programas. Ellos hacen otros usos de la televisión, no son de quienes se sientan a ver la tele generalista después de cenar”, afirma Cardús.
Pero si realmente la telebasura no es la fuente de audiencia que promete ser, ¿por qué la siguen programando? Para Esparza, la cuestión central está en que las cadenas saben que esa apuesta, “si bien no les va a llevar más allá de 3 millones de espectadores, sí les va a proveer una audiencia mínima suficiente. Con Belén Esteban no van a romper los audímetros, pero se trata de un producto seguro”. En otras palabras, las grandes cadenas generalistas están emprendiendo una huida hacia delante, ya que la llegada de la TDT les ha hecho enfrentarse a una competencia de nichos que no esperaban y, para situarse adecuadamente en el nuevo entorno, han apostado por lo más seguro que tenían a mano. Pero se trata, asegura Esparza, “de una táctica perdedora, ya que las nuevas audiencias digitales están dirigiéndose a productos muy concretos y eso les ha cambiado el paisaje, especialmente en lo que se refiere a la publicidad, que está adecuándose a este contexto más segmentado y fragmentado”. Para combatir la nueva situación, insiste Esparza, “han recurrido a un monográfico permanente de Sálvame”.
El cierre de CNN+
Es desde esta perspectiva que también podemos entender el cierre de CNN+, que ha sido visto como un triunfo de la telebasura sobre la información, pero que tiene mucho más que ver con las recientes tendencias en la gestión de las cadenas. Así, en un contexto tan competitivo, lo importante es realizar productos baratos. Por lo tanto, CNN+ no se cierra porque tenga pocos telespectadores, sino porque sus costes son muy elevados. “Hacer televisión de calidad que tenga buenos datos de audiencia es perfectamente posible”, señala Cardús, “pero es más cara. Y el modo que han elegido para competir en este entorno de muchos canales es reducir los presupuestos”.
Coincide Álvaro de la Torre, profesor de estructura y producción del mensaje periodístico en la Universidad CEU San Pablo, para quien el gran problema de los canales de TDT “es tanto la falta de dinero como la poca creatividad en los formatos. Vemos muchas veces radio televisada: estamos ante el gran triunfo de la tertulia”. Pero se trata de una tendencia que afecta a toda clase de cadenas, ya que ni siquiera aquellas que cuentan con mayores presupuestos apuestan por grandes inversiones. “Puedes hacer Gran Hermano, que te cuesta mucho dinero, pero después toda tu programación se articula alrededor suyo, con programas y tertulias íntegramente dedicados a debatir sobre lo ocurrido esa semana. Como además los comentaristas también son de la casa, termina saliéndote bastante barato”.
Sin embargo, esta tendencia, que está siendo respaldada por la audiencia, tenderá a cambiar en el futuro cercano, asegura de la Torre. Quizá porque el público terminará cansándose de voces y ruidos. Hacer programas baratos suele llevar como contrapartida el verse obligados a forzar la máquina para atraer a la audiencia. Por eso las tertulias actuales (de cotilleo, de fútbol, de política, etc.), poseen tantas interferencias: nadie se escucha, todos se interrumpen constantemente, se chillan, se insultan. Y los comentaristas, mucho más que personas que exhiben opiniones sólidas, en ocasiones parecen hooligans que defienden a los suyos a toda costa.
Hay que hacer ruido porque dicen que eso genera audiencia. Según Esparza, “la tele de la conversación parece haberse terminado y los debates cuentan como un elemento más con el ruido y las interrupciones. No sé si es evitable o no, pero es lo que hay, probablemente porque son un reflejo de la sociedad. En todo caso, la tele ha renunciado a ser ejemplar y eso es no es muy bueno”. Para De la Torre, más que ruido, las tertulias lo que buscan es llegar a su público objetivo. “La gente no quiere ver una tertulia donde haya variedad de opiniones sino reforzar su propia visión de la realidad, quiere escuchar lo que ya está pensando”, y eso hace que los comentaristas suelan mostrar creencias muy marcadas.
A pesar de todo, los expertos son optimistas sobre el futuro. En principio, porque la TDT ha hecho posible una oferta variada que permite opciones de televisión muy distintas. Ya no vivimos en un oligopolio, sino que contamos con diferentes posibilidades. Y es una tendencia, de la que la publicidad, la verdadera destinataria de las programaciones televisivas, es consciente. Como señala de la Torre, “la publicidad se están dirigiendo hacia targets más específicos y está presente en canales más pequeños. Ya no es rentable hacer spots para grandes audiencias, sino que se dirigen a públicos muy concretos. Eso hace posible que una cadena como 8Madrid, que emite películas sin anuncios, sobreviva”.
Para Cardús, la televisión cuenta con una obligación de servicio público que en muchas ocasiones se pasa por alto. Las cadenas televisivas explotan una concesión pública, pero lo hacen con una visión puramente cortoplacista, sin aportar nada que pueda construir un futuro. Por eso, veremos más pronto que tarde, el fracaso de este modelo televisivo, y con él, el cierre de numerosos canales. Las cadenas privadas, además, se darán cuenta de que no puede tener cuatro canales. Y estos factores, junto con las nuevas formas de consumo televisivo que están implantando los jóvenes y con el cambio de hábitos en un público que busca lo que le interesa en canales temáticos, hará que la telebasura se convierta en algo residual”.