Las historias personales de las grandes figuras empresariales han sido siempre la materia prima preferida de la literatura managerial. Mucho más que perderse en teorías acerca de cómo el contexto competidor o las circunstancias sociales influyen en una compañía, los autores de los libros de management han optado por explicarlo todo a partir de las personalidades más grandes que la vida: si algo funciona, es siempre a causa del ingenio, del talento y de la energía de quienes están al frente de las compañías triunfadoras. Esta creencia, aseguran los autores de Lobos capitalistas, un profesor universitario con amplia experiencia en las responsabilidades directivas del sector público empresarial, y un economista que trabaja para una firma consultora, no nos es muy útil a la hora de dar cuenta de la realidad (según diversos estudios, la incidencia de la personalidad del CEO en el triunfo o fracaso de una compañía sólo opera en un porcentaje que va del 3 al 10%) pero nos permite contar historias, algo que nos encanta.
Y aquí hay muchas historias, quizá porque, como señalan los autores, todo es posible en el capitalismo.Y más ahora, cuando la globalización ha multiplicado la velocidad y potencia de los procesos. Un solo bróker puede hacer perder cientos de miles de millones de dólares en poco tiempo a sus inversores, alguien como Madoff puede captar fondos de cualquier parte del mundo, España incluida, para su estafa piramidal, y hábiles caraduras del este de Europa pueden aparecer con la fuerza de la novedad en el mercado del gran timo global.
En Lobos capitalistas se recorren, en definitiva, los grandes atributos del fracaso, los hábitos de aquellos que se han hundido espectacularmente. Que, dicen los autores, podríamos sintetizar en unas pocas conductas sistemáticamente repetidas, como son el percibirse a sí mismos y a las empresas que dirigen como dominadores del entorno; no ser capaces de distinguir sus intereses personales de los de las empresas que dirigen; el exceso de confianza; el purgar a todos quienes les dan una opinión divergente; y la infravaloración de los obstáculos y la obsesión con la imagen. Todos ellos aparecen, en una u otra medida, en esta pequeña muestra del gran fracaso humano en el que se citan personalidades por todos conocidas, como Madoff o Martha Stewart, con otras menos populares, pero siempre instructivas, como las de Conrad Black o Joe Cassano.
Lobos capitalistas, en todo caso, es una obra prolija en tipos pintorescos que triunfaron y fracasaron gracias a las mismas causas. Como Viktor Kozeny, un ciudadano checo que a los 18 años emigró a los EEUU gracias a su habilidad dialéctica: convenció a un conocido físico estadounidense de que era un niño prodigio de la física maltratado por los comunistas. Se presentó en su casa, se quedó a vivir allí y a las pocas semanas se había fugado con su mujer. A la que, por supuesto, abandonaría un tiempo después, después de conseguir que le pagase unos estudios. Con tales dotes empresariales a Kozeny no le fue difícil recaudar fondos de aquí y allá. Eso sí, sin hacer discriminaciones: tan buenos eran los que le proprorcionaban los jubilados checos como los de los estadounidenses adinerados. Kozeny fue, pues, poseído por sus cualidades, que le llevaron desde el triunfo a lo grande en el mundo de los negocios hasta una cárcel checa. Otros ejemplos del fracaso, señalan los autores, tienen que ver con esas personas que, por su situación, se creen invulnerables, como ese dirigente oriental, hermano del Sultán de Brunei, que estaba acostumbrado a una vida en la que se pagaban 16000 euros por cada corte de pelo, donde el profesor de bádminton o el acupuntor contaban con un salario de millón y medio de euros, y donde un regalo de cumpleaños bien podía ser un Airbus con tus colores favoritos. Ese tipo de ambiente suele tener consecuencias ineludibles: el hermano vive hoy en Londres, conduce un Mini negro y sus cumpleaños suelen celebrarse en una austera intimidad. Y tampoco el provenir de una familia con tradición en el éxito empresarial suele ayudar demasiado. El mejor ejemplo es el de los hermanos Hunt, Nelson Bunker y William Herbert, hijos del que fuera hombre más rico del mundo Haroldson Lafayette Hunt. Los dos hermanos tramaron un plan para hacerse enormemente ricos (vaya, más de la que eran) especulando con la plata. La cosa les salió mal, se ganaron demasiados enemigos por avariciosos, y acabaron arruinándose. Hoy sobreviven holgadamente gracias a los fondos que les legó H.L. y que lograron salvar de la bancarrota, pero están muy lejos ya de la fortuna que lograron acumular.
En definitiva, los autores nos ofrecen en Lobos capitalistas un recorrido ameno e instructivo por las figuras más llamativas de un sistema que sólo puede sobrevivir, afirman, con un contrapeso sólido en forma de instituciones que corrijan los excesos, de personalidad y de sistema, en los que el capitalismo suele caer. Tales excesos son la esencia de este libro ameno, divertido, lleno de ironía y cuajado de pequeñas grandes enseñanzas a las que, como dicen, haremos bastante caso a corto plazo, poco caso a medio y ningún caso a largo.
Lobos capitalistas. Alberto Lafuente, Ramón Pueyo. Ed. Espasa Calpe. 264 páginas. 19,90 €Enlaces relacionados
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