Pepe Griñán agostea tras cargarse las primarias en el PSOE andaluz, sufrir el cogote de Javier Arenas (a la caza de la mayoría absoluta), y con medio equipo de Gobierno ninguneando su ¿poder? e influencia. En el partido están deseando que se largue unos días. A Alemania para devorar ópera entre amigos o a Galicia, con su nieto, como en 2009. Lo importante es que encuentre sombras del viento más frescas, lo más lejos posible de su residencia en el Aljarafe sevillano. Griñán necesita una mansión. Nadie le hace caso.
La
Griñanía, esa especie de soberbia trufada de culturalismo sabelotodo, la ejerce con indudable solvencia el soberano de Andalucía. Quien siembra soberbia recoge indiferencia. Desespera esa manera de gobernar, perdiendo entidades financieras que aspiraba controlar (Cajasur) y dejando que
Chaves, su todavía amigo (quizá vayan este verano a ver una peli de romanos) le acapare
titulares incómodos. Encima, los intoxicadores de guardia confirman que la consejera que va largando maldades contra su jefe es
Mar Moreno, la X que no desveló
José Aguilar, columnista del grupo Joly, en su artículo del 26 de julio.
Esta mañana preside el último Consejo de Gobierno antes de las vacaciones. En septiembre se despedirá de la Casa Rosa, la sede provisional del Ejecutivo andaluz, para empezar a instalarse en el Palacio de San Telmo, con
40 lámparas a 8.000 euros la pieza y con mármol de Carrara. El mismo casoplón, la joya del barroco andaluz que ordenó restaurar
Pepote Rodríguez de la Borbolla para convertirlo en sede presidencial y que Chaves jamás paralizó.
Griñán, con el ojo puesto en Costa
Obama del Sol (la abogada
Michelle aún no ha cancelado su reserva en el Villa Padierna de Benahavís de
Ricardo Arranz, quizá el móvil más solicitado del momento entre periodistas y políticos) prepara los bártulos para un viaje con su mujer,
Mariate Caravaca. Celebra cuarenta años de matrimonio. No deseamos destapar el destino de la pareja. Al parecer el presidente se ha puesto romántico y no lo quiere revelar ni siquiera a su esposa, de evidente menos protagonismo que la ex primera dama andaluza, la licenciada en Químicas
Antoñita Iborra, mujer de Chaves.
El esperado arrumaco a lo Casillas
Para convertir a Mariate en digna sucesora de Antoñita, los asesores de imagen de Griñán ya planean una operación de imagen que se traduciría sin más preámbulo en un beso apasionado a Mariate. ¿Dónde? Delante de las cámaras de Canal Sur Televisión (la suya, no “la nuestra”). Un arrumaco a lo
Casillas, en plan juvenil, para irradiar pasión al proyecto político cuya música sonaba de fábula, pero que ya fracasa: tras casi año y medio de Gobierno
el 28% de los andaluces aún no saben quién diablos es ese tipo de barba canosa y acento de la madrileña Glorieta de San Bernardo que se hace llamar Pepe.
Levántate, Pepe. Una remix a lo
Marta Sánchez podría convertirse en su lema para recuperar la confianza. Esta pieza, grababa en la madrileña Plaza de Chueca, la bailó Griñán moviendo su esqueleto con cintura de fondista a lo
Haruki Murakami nada más entrar al salón Andalucía del hotel Barceló Málaga. La canción, elegida por
María Gámez, candidata socialista a la Alcaldía malagueña (si es que no lo impiden los federales
Pajín&
Blanco), se la apuntó Griñán en las notas de su
telefonino de penúltima generación antes de recibir la invitación de “los pelotazos” del consejero
Paulino Plata que este diario contó el pasado domingo en
el último párrafo del texto.
Tras los “pelotazos” sugeridos por Plata, Griñán intentará olvidarse en agosto de los navajeos internos del PSOE, las dudas de sus consejeros y el desconocimiento entre el electorado. Brindará por los cuarenta años con Mariate. Aunque ella, que no le abandona, pensaba hace dos años que celebraría este aniversario con su marido fuera del poder. Jubilado.